Hanna aumentó un poco el paso, de modo que respirar pasó a ser más importante
que hablar. Jose Luis no tardó mucho en recuperar su línea de
pensamientos.
Dormir con Hanna. Verla desnuda. Tocarla. Besarla. Jugar.
¿Y si hacía ruidos raros? Su último novia había gritado “Oh, papi si” cada
vez que tenía un orgasmo. Aún se sentía molesto consigo mismo por quedarse con Sandra durante tanto tiempo. Era una mujer que no valia la pena, aunque no se había dado
cuenta hasta que vivió con ella casi un año.
Era competente en todos los demás ámbitos
de la vida. Tenía éxito en su trabajo, tenía buenos amigos y carecía de
vicios terribles. En conjunto, lo enorgullecía y satisfacía cómo iban
las cosas. Pero, ¿el amor? No.
Había
llegado a la conclusión de que el amor romántico era un talento, como
pintar o tener una buena voz. . No era su culpa ser un completo inepto ni elegir mujeres inadecuadas. En cuanto aceptó eso, la vida había encajado en su sitio.
El único problema era que echaba de menos el sexo... lo cual la conducía otra vez a Hanna.
Si
no era capaz de sentirse seguro teniendo sexo con Hanna entonces algo
iba muy mal en el mundo. Ella jamás le haría daño. Confiaba plenamente en ella.
Entonces, ¿por qué titubeaba aún?
Llegaron
al último giro y disminuyeron la carrera hasta caminar. Hanna insistía
en que estiraran bien, y aunque Jose Luis se mostraba impaciente los últimos
quince minutos, le hacía caso. Más para complacerla que porque creyera
que era necesario para su cuerpo.
Mientras la observaba
sentarse en la hierba e inclinarse sobre la pierna derecha, se preguntó
si debería dejar de analizar tanto e ir al grano. El único modo de
averiguar si eso iba a funcionar era hacerlo.
En un momento iban a regresar al apartamento de Hanna. Jose Luis siempre dejaba que se duchara primero.
Se sentó a su lado y extendió las piernas. Se adelantó, aferró su pie
derecho y, mientras estiraba, tomó una decisión. Cuando llegara el
instante de darse la ducha, iba a invitarla a que se uniera a jose Luis.
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