lunes, 28 de octubre de 2013

Capitulo 44

Después ya no le iba a importar, aunque se conocía lo suficiente como para saber que la primera vez sería un poco incómodo. Cuanto más pensara en ello, más incómodo sería. Lo que debían hacer era dejar de analizar y ponerse manos a la obra.

Planeaba decírselo esa noche y no aceptaría un no por respuesta.

— ¿De qué te ríes? - dijo Jose Luis

—  De Nada JL,  bueno de rato te veo ire a buscar a Ashley

—  ok nos vemos en un rato mas

*Hanna se fue*

Jose Luis giró en redondo para ver a Jean  junto a la entrada de la cafetería.

— ¿Quieres tener hijos?— preguntó JL.

— ¿Ahora mismo?— Jean enarcó las cejas.

— No. En algún momento.

— No. Tener hijos significaría tener sexo, y eso representaría estar con una mujer. Así que no, no los quiero.

— ¿Qué pasó ahora?

— Ella  quiere mi dinero. 

— No va a conseguirlo, Jean. Solo intenta ponerte nervioso.

— Pues está haciendo un buen trabajo.

— Vamos. Te invito  una copa.

— ¿seguro?

— Seguro, si eso te hará feliz.

Jean  sonrió y abrió la puerta. JL  entró al  bar. Ya estaba llena, con un montón de hombres y mujeres de negocios en la barra. Todo el mundo parecía beber Martini o Manhattan. El nivel de ruido era tan alto que JL se comunicó con la mano con Ellen, la camarera. Ellen había sido su vecina cuando vivía en *****, de modo que encontrar una mesa para cinco en la parte de atrás, la más tranquila, no resultó problema.

Le dio una propina y alabó sus zapatos. Ellen sonrió y regresó al ajetreo del bar mientras JL se sentaba junto a Jean. Esperó que su amigo hiciera un comentario sobre el equívoco del ascensor, * Jl creyo que Hanna se lo diria a todo mundo de lo sucedido* listo para negar cualquier cosa, pero lo único que Jean dijo fue:
- Vaz a pagar eee JL, no quiero que te rajes a ultima hora

Hanna no se lo había contado. Tendría que sentirse avergonzado de sí mismo por haber pensado que sí lo haría.


 — 

Capitulo 43

Un tiempo atrás JL  había decidido que no era para el una relación eterna. Pero no podía negar la verdad. Quería tener un hijo. Quería una esposa. No parecía que fuera pedir mucho, pero resultaba evidente que sí lo era.
JL estaba cansado de golpearse la cabeza contra la pared. De enfrentarse al fracaso una y otra vez, de intentar continuar y fingir que su corazón no había recibido un daño permanente. Algo iba mal. Le faltaba un gen o tenía mal karma, o lo que fuera, pero siempre terminaba igual. El enamorándose y ella no. Ella casándose con otro unas semanas después. Tres veces.

El amor no aparecía en sus estrellas. No figuraba en su destino. Ya había aceptado su suerte y establecido la paz. Excepto a veces. Excepto cuando veía a niñas de puntillas. Cuando oía una risita infantil en la Quinta Avenida. Entonces la injusticia de todo amenazaba con estallar en su interior, llenando cada resquicio de su alma.

Respiró hondo y se obligó a sonreir. A centrarse en todo lo que tenía y en lo que jamás le pertenecería.

Hanna. Tenía a Hanna. Eso era mucho. La quería del mejor modo que conocía. Aunque no era el tipo de amor que JL  anhelaba, era suficiente. Tenía que serlo.

Deseaba que pudieran salir adelante. Si era capaz de sentir su cuerpo junto al suyo, entonces el dolor se desvanecería. Estaba seguro de ello. Con Hanna no habría falsas esperanzas. Ambos se darían calor.

Desde luego, primero tendrían que superar el pequeño problema de la desnudez. Pero esa tarde había meditado mucho en eso. Tras la vergüenza del ascensor, no iba a presionarla para que se bajara los pantalones para el. Eso era demasiado peligroso. Había decidido que tendrían que desnudarse bajo las sábanas. De noche. Con las luces apagadas.


Capitulo 42

— ¿Qué pasa?

— Nada— repuso y aumentó la distancia que los separaba.

— Tu cara indica otra cosa. ¿Y bien?— la miró con expresión curiosa

El traje  negro hacía que fuera dolorosamente consciente de lo que había debajo. De pronto tuvo el impulso de pedirle que entraran en el ascensor.

— ¿Hola?— insistió Jose Luis.

— Vamos a comer. Me muero de hambre. - menciono Hanna

JL meneó la cabeza y luego se encogió de hombros. Hanna se cercioró de que no se tocaran al salir del edificio o al caminar por ******. Pero de reojo no paraba de mirar cómo su pelo le brillaba al sol, su andar seguro y grácil. La siguiente vez que Jose Luis  experimentara el impulso de jugar sexualmente con alguien, iba a encargarse de ser la primera en estar en la línea de fuego.

Una niña pequeña, de tres o cuatro años, se hallaba de puntillas mientras intentaba meter un sobre en un buzón. Su padre, al menos JL  dio por hecho que se trataba de su padre, se hallaba detrás de ella, animándola con las manos listas para alzarla si no lo conseguía. Al final lo logró y soltó un grito de placer ante su monumental logro. Su padre la levantó en brazos, la abrazó y entre risas los dos marcharon por entre la multitud de la Quinta Avenida.


Capitulo 41

— Bueno, sí—

— Bromeaba— alzó la mano en un gesto de paz—. No dije nada porque no sabía cómo hacerlo sin avergonzarte. - menciono Hanna

— Oh, estupendo. Has sido muy considerada. Dejarme con un desconocida excitada en un espacio reducido ha sido mucho mejor.

— Cariño, tal como lo tenías, la chica  no iba a hacer nada por enfadarte.

— Esa no es la cuestión. Deberías haberme frenado.

Vio que la rabia se le iba. Menos mal. Entonces enterró la cara entre las manos. Al rato las bajó y pareció recuperado. Molesto, pero controlado.

— ¿Te encuentras bien?— preguntó.

— No te perdonaré esto— asintió—. Jamás.

— Claro que sí.

— Lo sé— suspiró—. Pero no se lo puedes contar a nadie. - dijo JL

Hanna contuvo una carcajada. Si pensaba que iba a quedarse callada, la esperaba otra sorpresa.

— ¿Hanna?

El modo en que pronunció su nombre le indicó que pensaba golpearla otra vez, de modo que asintió.

— Ok, ok

— ¿Lo prometes? - menciono JL con cara triste

— No se lo contaré a nadie salvo a  Ashley.

— Si se lo dices a Ashley, a la puesta de sol lo sabrá todo Mexico.

Hizo acopio de valor y le rodeó los hombros. Quería que fuera un consuelo, un gesto amistoso para evitar tener que realizar una promesa que sabía que no iba a poder cumplir. Pero en cuanto lo tocó y sintió su hombro cálido y suave, al instante fue consciente de su cuerpo. Y del suyo. De todas esas partes.

Lo soltó bruscamente.


Capitulo 40

Oyó que Jose Luis  decía algo parecido a “PTM”. Y entonces las puertas del ascensor se cerraron. Pero no antes de saludar con la mano a JL  y a su nueva amiga.

Jose Luis registró el saludo de Hanna segundos antes de que el ascensor se cerrara con una determinación que hizo que deseara encontrarse ante un pelotón de fusilamiento. Cada músculo de su cuerpo pareció sufrir un espasmo al mismo tiempo. Un agudo “Ouch” detrás de JL le recordó que aún no había apartado la mano. La abrió y saltó al otro lado del ascensor sintiendo que su estómago daba un vuelco cuando el aparato comenzaba a subir.

Lo único que deseaba era salir corriendo y esconderse, o, mejor aún, abrir un agujero en el ascensor de la cabina y lanzarse al vacío. Pero se obligó a mirar a la mujer que había manipulado.

Era mayor, con un tupido pelo castaño, gafas y dientes regulares. Tenía las mejillas acaloradas, pero aparte de eso, parecía notablemente serena, dadas las circunstancias.

— Yo... yo...

— ¿Sabe?— comentó la mujer con clama—, en todos los años que he usado este ascensor, jamás conocí a nadie. Si le sirve de algo, su presentación fue magnífica.

Jose Luis  cuando dejó que la vista bajara a los pantalones de la mujer, sintió como si fuera a estallar en llamas.

— Yo... lo siento tanto— dijo—. Fue un error.

— Un error extraordinario, diría yo— la chica rió

— Se suponía que usted era otra persona. - menciono JL

— Bueno, supongo que ha sido mi día de suerte.

JL  parpadeó varias veces, tratando de darle cierta coherencia a sus pensamientos asustados.

— ¿Va a llamar a la policía?

— ¿Por qué, es que intentaba robarme?— meneó la cabeza. Con un gesto JL indicó que no—. Bien. Porque en caso contrario, necesita practicar mucho más.

Justo en ese momento el ascensor se detuvo. Las puertas se abrieron, y aunque quería correr a toda velocidad, sus pies no se movieron. No se movía nada salvo su corazón que le palpitaba con tanta fuerza que consideró que le faltaba poco para sufrir un ataque. la chica del pelo castaño pasó a su lado, y cuando la gente comenzó a entrar, metió la mano en el bolsillo, extrajo una tarjeta y se la entregó.

— Por las dudas— comentó.

Entonces salió y las puertas volvieron a cerrarse. Dos plantas más arriba, JL miró la tarjeta. Martha Sanchez, Abogada. Cerró los ojos y suspiró. Al menos cuando matara a Hanna, dispondría de un abogada compasiva.

Hanna lo vio en cuanto salió del ascensor. JL la avistó un segundo después y, demasiado tarde, se dio cuenta de que tendría que haber huido mientras tuvo la oportunidad. Si las miradas pudieran matar, ya sería una chica muerta.

Caminó haciaHanna moviendose de forma peligrosa  y con los ojos encendidos. Hanna retrocedió hasta golpear el costado del puesto de periódicos.

— Intenté avisarte— dijo Hanna.

— No— esa única palabra fue una advertencia, una que una mujer  inteligente habría escuchado.

— Te dije que cometías un error.

Jose Luis  abrió la boca, luego volvió a cerrarla y optó por darle un golpe fuerte en el hombro.

— Ay.

— Podría matarte por esto.

— Eh, no me culpes a mí. No fui yo quien quiso jugar sexualmente en el ascensor.

— Nunca en mi vida sufrí semejante humillación. Maldita sea, Hanna, ¿por qué me dejaste... ?— volvió a golpearle en el mismo sitio. ( no crean que es un golpe fuerte, es golpe jugando jeje XD)

Hanna  se movió y le ofreció el otro hombro, para recibir otro buen golpe.

— ¿Has terminado?

— No, pienso golpearte cada vez que pueda. Mereces algo peor, menzita. Podrías haberme detenido.

— Pero eso no habría sido divertido— sonrió.

Jose Luis cruzó los brazos.

— No puedo creerlo. De todas las cosas bajas, sucias, podridas...

— ¿Cómo es que ha pasado a ser mi culpa? 

Hanna  comenzó a retroceder, desviándose del puesto de periódicos para poder dirigirse a la salida. Aunque sin quitar los ojos de encima a JL.

— Vamos. Debes reconocer que fue gracioso.


Capitulo 39

No pudo evitarlo. Soltó una risa, pero calló de inmediato cuando la mujer que tenía delante se volvió para mirar. Se concentró en lo que palpaba su mano. Asombrado por su propia audacia, se sentía casi embriagado. Si eso no aceleraba las cosas entre ellos, entonces nada lo conseguiría. Y de esa manera ni siquiera tenía que mirarla. Al menos no hasta que el ascensor llegara a la planta baja, y en ese momento... Bueno, Hanna  ya sabría que no bromeaba acerca de la parte del sexo.

Deseó que los pantalones no fueran tan gruesos. Le gustaría disfrutar de más detalles. Pero notaba bastante. Cielos. 

El ascensor disminuyó la velocidad y las puertas se abrieron. En el acto la gente comenzó a salir, pero Jose Luis  no se movió. Ni el cuerpo ni la mano. Quería esperar hasta el último Eso lo podía hacer culaquier otra persona, no el. Lamentó no poder verle la cara.

Su deseo se hizo realidad.

La cara de Hanna apareció ante JL. De hecho, apareció todo su cuerpo. Lo cual no era posible. Porque tenía en la mano...

Hanna retrocedió hasta salir del ascensor. Le sonrió a Jose Luis, disfrutando del modo en que los ojos estuvieron a punto de salírsele de las órbitas.

La mujer que había detrás de Jose Luis parecía igual de agitada, lo cual resultaba comprensible. Jose Luis  aún no se había movido. La mujer, a quien Hanna le daba unos  años, permanecía paralizada. Aunque tampoco tenía mucha elección.


Capitulo 38

Sonrió. ¿Qué diablos? Ninguno de los dos iba a ir a ninguna parte. En la siguiente planta comenzaba el trayecto expreso que los llevaría directamente hasta la planta baja. Duraría aproximadamente un minuto. Tiempo suficiente. Oh, Dios, ¿podría acopiar valor para hacerlo?

Obligándose a ser lento y paciente, deslizó la mano hacia atrás hasta encontrar la cintura de Hanna. Cerró los ojos y se lanzó. Bajó la mano. Ahí. Lo sintió. ¡Tenía la mano justo encima! Oh, Dios.

— ¿Qué haces?— susurró Hanna con vehemencia.

— Tomar la situación por los cuernos— repuso JL con un murmullo, sin mover la cabeza por temor a que alguien se volviera y lo viera con la mano en la parte dulce de Hanna

— Para.

— Ni lo sueñes— repuso, sintiéndose más atrevido y sexy.

.— ¡JOSE LUIS!

— Alguien tenía que hacerlo— contuvo el impulso de reír.

— Cometes un gran error.

— No lo creo. Y por lo que puedo sentir, a ti tampoco te importa mucho. Detecto algo de entusiasmo, a menos que me equivoque.

— Te equivocas.


Capitulo 37

— Me parece que no— respondió Hanna—. Ir a tu casa me parece bastante peligroso.

— Como quieras— abrió el camino por el pasillo entre los cubículos y miró por encima del hombro para decir—: Gallina, eres una Cobarde.

— No te equivocas. - dijo Hanna

Lo alcanzó ante el ascensor. Se había congregado una multitud que también salía a almorzar. A veces había tenido que esperar hasta quince minutos para poder bajar. No pensaba descender los  pisos por las escaleras.

— Y bien, ¿has cambiado de parecer?— preguntó Jose Luis con una sonrisa.

— ¿Sobre qué? - menciono Hanna

— Lo que te pregunté anoche.

— Solo si tú has cambiado— susurró inclinándose sobre JL.

— No. A mi manera o puerta.

— Puerta, entonces— dijo justo cuando se abrían las puertas del ascensor. Entraron y Hanna se dirigió al fondo, apretada por todos los costados por los hambrientas personas. No resultaba agradable.

JL asintió y deseó que comentara algo más, que todo el mundo se desvaneciera.

El ascensor volvió a pararse y todavía entró más gente. Todos se movieron un poco, luego continuó el descenso hasta que se detuvo otra vez en la planta siguiente, provocando gemidos de los que esperaban fuera al ver que no quedaba espacio.

Enlatados como sardinas, reinó el único e incómodo “silencio del ascensor”, que siempre hacía que JL  tuviera ganas de decir algo rudo en voz alta. Se contuvo, en particular después de que otra idea invadiera su cabeza. Una idea salvaje y descabellada.

No podía.

Hanna se volvería loca.

Además, JL no tenía tanto valor. ¿O sí?




Capitulo 36

*DIA SIGUIENTE EN EL LAS OFICINAS DONDE TRABAJABA JL*

— ¿Qué tal?— dijo Hanna  obligó a que las mariposas que sentía en el estómago se tomaran un descanso. Aún tenía fresca la conversación de la noche anterior. Demasiado fresca. Sintió que se sonrojaba.

— ¿Qué tal tú? 
—  dijo JL

Se veía muy hermosa. Se había puesto los pantalones negros que a JL más le gustaban, los que ceñían las piernas largas y le daban un trasero fabuloso. Y la camisa gris de seda que le había regalado la navidad pasada. Una combinación maravillosa. Se había echado el cabello hacia atrás con los dedos.

Resultaba extraño y aterrador pensar en Hanna de esa manera. Durante años había visto a otros hombres babear por Hanna. Dado su entusiasmo presente, era evidente que el mismo había reprimido sus sentimientos durante mucho tiempo.

— Estás guapo— comentó Hanna, esbozando esa sonrisa que lo hacía más atractiva.

— Gracias— ese día había dedicado un cuidado especial a su arreglo. Se había levantado pronto para lavarse el cabello y peinarse, y se había puesto  la mejor ropa que le gustaba a Hanna, que por lo general reservaba para las cenas importantes de negocios.

— ¿Adónde vamos?

— ¿Qué te parece aquel restaurante tailandés?— se levantó JL.

— Bien— aceptó bajando la vista,  Luego la alzó otra vez a su cara.

— Aunque podríamos ir a mi apartamento— dijo Jose Luis, con cuidado de mantener la voz baja para que las personas con las que trabajaba no la oyeran. Ya habían especulado con su relación con Hanna, y en general se mostraban bastante suspicaces con su vida sexual. Por lo que o bien pensaban que mentía al decir que únicamente era amigo de Hanna  o bien la consideraban gay. Ninguna de las dos cosas le molestaba. Le gustaba que su vida privada fuera privada. Pero si Hanna seguía mirándolo de esa manera, puede que saltara sobre su cuerpo allí mismo— ¿Y bien?— instó.


sábado, 26 de octubre de 2013

Capitulo 35

— ¿Puedes creerlo? Vamos a hacerlo.

— Sí— corroboró. Dejó la botella de jugo en la mesita y se reclinó en el sillón. Pudo ver que aún seguía un poco excitada. Con un poco de concentración podía llegar a excitarse mucho—. Debo colgar.

— No hemos terminado.

— Sí que hemos terminado.

— Pero...

— Buenas noches, Jose Luis. Hablaremos por la mañana.

— Ven a almorzar conmigo.

— De acuerdo. Ahora buenas noches.

— ¿Hanna?

— ¿Qué?

— Mi pelo es negro.

— ¿Qué?

— Piensa en ello— soltó otra risita—. Buenas noches.

Después de colgar se quedó con la vista clavada en el teléfono. Entonces lo comprendió.  Oh, maldición


Capitulo 34

Esperó la explicación pero no llegó. Lo único que podía oír era sus respiración acelerada. 

Solo podía pensar en partes, las suyas y las de el, y en la locura de la situación. La locura 

de que pudiera estar pensando en verlo desnudo. En tocarlo, probarlo. Abrazarlo. 

Cerró los ojos y se lo imaginó delante de ella. Resultaba tan fácil. Lo conocía tan 

bien, Jamás se había permitido desearlo, porque sabía que no podía tenerlo. 



Desde que hablaron de tener sexo no había pensado en otra cosa. La necesidad debía llevar 

dentro de ella mucho tiempo. Justo  bajo la superficie. Despertaba con Jl en la 

cabeza. Y se dormía de la misma manera. 

Le gustara o no, había cruzado la línea. Dudaba seriamente de que algún día pudiera dar 

marcha atrás. 

— Debo seguir un orden— continuó Jose Luis al final—. Pasos pequeños. Primero quiero 

superar lo de la desnudez. Va a ser incómodo, los dos lo sabemos. Pero si lo hacemos de 

una forma sosegada, seremos capaces de superar la incomodidad. Luego podemos dar el 

siguiente paso.

— ¿Y esos dos pasos no pueden darse al mismo tiempo? 

— No. Sé que piensas que estoy loco, pero compláceme, por favor. 

— ¿Y cómo se supone que lo hacemos? 

— Tú vendrás a mi casa. No, quizás aquí no. Tampoco en la tuya. Ya se nos ocurrirá 

dónde. Y entonces... 

— Nos desnudamos. 

— No. Tú te desnudas. - dijo JL

La imagen ardiente que tenía en la mente se pinchó. 

— ¿Qué? ¿Bromeas? 

— Soy yo quien necesita ese paso. No tú. 

— Yo no pienso desnudarme sola. 

— ¿Por qué no? 

— Porque es ridículo, por eso. 

— No lo es. Es como debe ser. 

— Jose Luis , me desnudaré todo lo que tú quieras. 

JL soltó una risita. Fue un sonido estupendo. Nada infantil, sino ronco, bajo, sexy. 


Capitulo 33

— ¿Hay algo que necesites decirme?

— No— rió—. Lo único que quiero dejar claro es que aún no has visto todas las partes. 

— Hmm. 

— Yo tampoco he visto todavía todas tus partes— Hanna respiró hondo, sintiendo que sus 

partes se agitaban—. Tus otras partes misteriosas— añadió Jose Luis. 


Hanna se movió en el sillón, preguntándose si debería colgar. Había llegado el momento 

del cambio. Aún podía retractarse. Aún había tiempo. 


— No tengo nada que no hayas visto antes. 

— No te he visto a ti. Y ahora... 

— ¿Qué? 

— Necesito ver. 

Una oleada de lujuria se abatió sobre Hanna con tanta fuerza que estuvo a punto de caerse 

al suelo. Luchó por recuperar la compostura. Por mantener ligera la situación



— Si crees que será de ayuda, puedo acercarlo al teléfono. 


— No bromeo. Necesito verte desnuda Hanna. 

— Si... — la voz le salió demasiado chillona. Carraspeó y comenzó otra vez—. Cuando lo 

hagamos, lo verás todo. 


— No— afirmó—. Tengo que verte primero 

— ¿De qué estás hablando? 

— Tengo que verte. A ti. Antes de que demos el siguiente paso. 

— ¿Por qué? 

— Porque sí. Lo necesito, ¿Ok? 


— ¿De qué se trata, de una especie de prueba?— pensó espantada—. ¿Vas a cambiar de 


idea si no estoy perfecta? 


— ¡No! No, no tiene nada que ver con eso. 



Capitulo 32

Eso resulta fácil para ti, pero para los que estamos en el mundo real, el futuro tiene 

algunos riesgos. - dijo Hanna

— ¿Y qué no lo tiene? Diablos, mañana podría atropellarte un taxi.

— Que tonterias. - exalto hanna

— No son tonterías Simplemente elijo mostrar un punto de vista optimista, lo cual, 


encanto, es una de las cosas que más te gustan de mí. - dijo Jl sexymente


— Creo que confundes el optimismo con el fatalismo.

— Oh, Dios mío.

— ¿Qué?

— Acabo de darme cuenta de algo, tener sexo significa que vamos a estar desnudos. Uno 


delante del otro. Quiero decir, mi abdomen es muy bueno para una relación platónica, 


pero ahora que pasaremos a lo platónico oro... 


— ¿Oro? - sorprendida Hanna


— Si, como la visa oro. Tendrás la misma tarjeta, pero con mayores ventajas. 


— Ventajas, ¿eh?— sonrió—. ¿Cómo poder tener preferencia para alquilar un coche? 


— Hablo en serio. Hablamos de llegar a estar desnudos de verdad. 

— Ya sé qué aspecto tienes— comentó. Era en lo único que había pensado esos días, pero 


no tenía intención de contárselo. 


— No lo sabes. 


— Te he visto con playera de tirantes transparente. 

— No es lo mismo. 


viernes, 11 de octubre de 2013

Capitulo 31

Pero no esa noche. 

Por primera vez desde los tiempos de la universidad, se había sentido incómodo con una de las citas de Jose Luis. La charla sobre el abdomen no había ayudado. Ana, la enfermera, no había podido pasar cinco minutos sin mencionar abdomen, por el amor de Dios. ¿Era de extrañar que Hanna no fuera capaz de pensar en el abdomen de Jose Luis? ¿Qué tuviera que luchar contra el impulso de tocárselo? 

— ¿Sigues ahí? 

— Sí. 

— ¿Hanna? – dijo jose luis

— ¿Hmm? 

— Esta noche me mostró todo lo que debía saber. Maldita sea, dejemos de perder tiempo y energía en gente que no nos gusta. Yo estoy a favor de que nos dediquemos a un intercambio saludable de fluidos corporales. 

Hanna se sobresaltó cuando un chorro de jugo de naranja salió disparado por la boca de la botella. No se había dado cuenta de que la estaba apretando con tanta fuerza. Dio otro trago y lamentó no haberle añadido vodka. 

— ¿Y bien? 

A pesar de lo atrevido de sus palabras, la voz de Jose Luis  irradiaba nerviosismo. O tal vez no. Quizá la única que se sentía aterrado era ella. Fuera como fuera, no pensaba precipitar nada. Era demasiado importante. Pensó en Oscar, su cita. Era muy guapo e inteligente. También divertido. El tipo de hombre que le gustaba. Bueno, que solía gustarle. Pero esa noche no, esa noche quien le gustaba era Jose Luis Y eso era todo. 


Sexo con Jose Luis. Santo Dios, el pensamiento había adoptado una residencia permanente en su cerebro, justo donde antes solía alojarse el sentido común. Y una vez instalado no quería marcharse. No hasta que hiciera algo al respecto. 

Respiró hondo y soltó el aire despacio, preparándose para saltar del trampolín. 

— De acuerdo— aceptó, sabiendo que esas dos palabras iban a abrir un capítulo nuevo en su vida. Las cosas ya no volverían a ser las mismas. Podía ser maravilloso, tal como predecía Jose Luis. O podía ser la sentencia de muerte de la mejor amistad que nunca había tenido. 

— Vaya. 

— Sí, vaya. Maldita sea, Jose Luis, ¿y si... ? 

— Para. Para en este instante. No podemos pensar en “y si”. Debemos creer que va a ser perfecto.