— Me parece que no— respondió Hanna—. Ir a tu casa me parece bastante
peligroso.
— Como quieras— abrió el camino por el pasillo entre los cubículos y miró por encima del hombro para decir—: Gallina, eres una Cobarde.
— No te equivocas. - dijo Hanna
Lo alcanzó ante el ascensor. Se había congregado una multitud que también salía a almorzar. A veces había tenido que esperar hasta quince minutos para poder bajar. No pensaba descender los pisos por las escaleras.
— Y bien, ¿has cambiado de parecer?— preguntó Jose Luis con una sonrisa.
— ¿Sobre qué? - menciono Hanna
— Lo que te pregunté anoche.
— Solo si tú has cambiado— susurró inclinándose sobre JL.
— No. A mi manera o puerta.
— Puerta, entonces— dijo justo cuando se abrían las puertas del ascensor. Entraron y Hanna se dirigió al fondo, apretada por todos los costados por los hambrientas personas. No resultaba agradable.
JL asintió y deseó que comentara algo más, que todo el mundo se desvaneciera.
El ascensor volvió a pararse y todavía entró más gente. Todos se movieron un poco, luego continuó el descenso hasta que se detuvo otra vez en la planta siguiente, provocando gemidos de los que esperaban fuera al ver que no quedaba espacio.
Enlatados como sardinas, reinó el único e incómodo “silencio del ascensor”, que siempre hacía que JL tuviera ganas de decir algo rudo en voz alta. Se contuvo, en particular después de que otra idea invadiera su cabeza. Una idea salvaje y descabellada.
No podía.
Hanna se volvería loca.
Además, JL no tenía tanto valor. ¿O sí?
— Como quieras— abrió el camino por el pasillo entre los cubículos y miró por encima del hombro para decir—: Gallina, eres una Cobarde.
— No te equivocas. - dijo Hanna
Lo alcanzó ante el ascensor. Se había congregado una multitud que también salía a almorzar. A veces había tenido que esperar hasta quince minutos para poder bajar. No pensaba descender los pisos por las escaleras.
— Y bien, ¿has cambiado de parecer?— preguntó Jose Luis con una sonrisa.
— ¿Sobre qué? - menciono Hanna
— Lo que te pregunté anoche.
— Solo si tú has cambiado— susurró inclinándose sobre JL.
— No. A mi manera o puerta.
— Puerta, entonces— dijo justo cuando se abrían las puertas del ascensor. Entraron y Hanna se dirigió al fondo, apretada por todos los costados por los hambrientas personas. No resultaba agradable.
JL asintió y deseó que comentara algo más, que todo el mundo se desvaneciera.
El ascensor volvió a pararse y todavía entró más gente. Todos se movieron un poco, luego continuó el descenso hasta que se detuvo otra vez en la planta siguiente, provocando gemidos de los que esperaban fuera al ver que no quedaba espacio.
Enlatados como sardinas, reinó el único e incómodo “silencio del ascensor”, que siempre hacía que JL tuviera ganas de decir algo rudo en voz alta. Se contuvo, en particular después de que otra idea invadiera su cabeza. Una idea salvaje y descabellada.
No podía.
Hanna se volvería loca.
Además, JL no tenía tanto valor. ¿O sí?
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