Hanna contempló su maleta, luego los dos pares
de pijamas que sostenía en la mano. El rosa era más bonito, pero tenía un corte
en la manga. El amarillo era más viejo, pero se encontraba en peor estado.
Guardó éste último encima de dos blusas, pantalones, calcetines y ropa interior
y por supuesto no podía faltar sus peluches, y miró alrededor para ver si se
olvidaba de algo. ¿Una bata? Creyó que no. ¿Unlibro? Dios, esperaba que no.
Se dirigió al armario del baño y sacó la caja de
preservativos. Pensó en separar dos, luego un tercero. “¡Qué diablos!”, exclamó
para sus adentros, y guardó toda la caja en la maleta.
Echó un último vistazo rápido al dormitorio y miró
la hora. Quedaban diez minutos hasta que tuviera que marcharse para ir a casa
de JL, Cerró el cierre de la maleta, comprobó la cartera para cerciorarse de
que llevaba efectivo, salió y cerró la
puerta del apartamento. Ya estaba. Realmente iba a hacerlo.
Casi no pudo soportar la ansiedad. ¿Y si...?
No. No pensaba caer en eso. Nada de “Y si”. Ningún
quizá. Se embarcaba en una misión que prometía cambiar su vida para mejor.
Podía dejar de soñar con estar con Jl y hacerlo de verdad. Jl no la presionaría
para llevar la relación al siguiente nivel. No la llevaría de compras para
terminar buscando vajillas. No esperaría que le pidiera que se fuera a vivir
con ella o, que Dios no lo quisiera, que le propusiera matrimonio.
Con JL, era el mejor de todos los mundos posibles.
Entonces, ¿de qué se preocupaba?
Llegó el ascensor y la puerta se abrió. Entró y
apretó al botón de la planta baja. Se obligó a no pensar en nada malo. Se negó
a imaginar que no era capaz de hacerlo. Que perdía la amistad de Jose Luis
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