Llegaron a Mystic a las
diez menos cuarto Hanna llevaba años sin
ir a la Posada Carlise, y el lugar era incluso más hermoso de lo que recordaba.
En el pasado había sido una taberna construida en 1740, pero el dueño había
restaurado el edificio y re decorado las habitaciones con muebles de época.
— Es precioso— manifestó Hanna.
— ¿Nunca has visto Mystic?
— Lo único que se del lugar es que se supone que
tiene una buena pizza.
Jose Luis rio
mientras se estacionaba en un estacionamiento reducido situado junto al
edificio principal.
— Vamos. Entremos. No se tú, pero yo estoy
cansada— salió al fresco aire nocturno había acertado al llevar la chamarra. Y
reservar la habitación con chimenea.
— ¿Hueles eso?— inquirió Jose Luis.
Miró por encima del techo del coche para verlo
respirar hondo.
—¿Qué?
— El océano. Puedo oler las algas. Ha sido una
idea maravillosa.
— ¿Sí?— lamentó haberlo
dicho en cuanto la palabra salió de su boca. Jose Luis pareció sorprendido, como si no esperara que
aún tuviera dudas.
— Como mínimo, hemos salido de la ciudad— soltó
con vehemencia— nada de teléfonos, coches, etc.
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