sábado, 25 de enero de 2014
Capitulo 103
Jose Luis palmeó el colchón y Hanna se sentó, mirándolo. Abrió la boca y olvidó lo que había pensado decir. Aunque no experimentó pánico.
—Jose Luis — comenzó, buscando cómo continuar.
Él se sentó y se deslizó hasta ella. La besó justo debajo de la oreja. Hanna sintió la piel de gallina por todo el cuerpo, y cuando le mordisqueó el lóbulo, no pudo evitar soltar un gemido.
—¿De qué se trata? susurró antes de proseguir el juego con los dientes.
—Jose Luis —repitió, solo que en esa ocasión le salió con voz sensual y ronca
—¿Sí? —preguntó con los labios sobre su garganta.
—Nada –Le rodeó el cuello con los brazos y lo besó con tanta fuerza que ambos cayeron hacia atrás.
Él le levantó el camisón y subió la mano por su muslo. Toda coherencia terminó en cuanto dio en el blanco. Desde lejos, como si se hallara en otro planeta, Hanna recordó que se suponía que debía decirle algo. Pero eso podía esperar. En especial cuando sus dedos se movieron dentro de ella.
Gimió cuando ahondó con dos dedos, para retirarlos y volver a introducirlos, con más fuerza en esa ocasión. Más profundo.
No dejó de besarla ni de aumentar la presión, dentro fuera, más fuerte y profundo, hasta que Hanna tuvo que pasar la pierna por encima de su cadera para que pudiera llevarla hasta el precipicio.
Justo cuando iniciaba la escarpada ascensión hacia el clímax, Jose Luis frenó. Se puso de rodillas y la alzó de la cama. La besó una vez más y le regaló una sonrisa perversa.
Lo siguiente que supo ella era que volvía a estar en la cama, pero a costada boca abajo. Jose Luis la levantó hasta dejarla de rodillas.
Le cubrió el cuerpo, acariciándole los pechos y el estómago, para regresar a los pechos y centrarse en los pezones, que apretó con suavidad con los pulgares. Ella enterró la cara en la almohada y siguió moviéndose. Sintió esos perversos dedos en sus labios, abriéndola ante sus ojos. El gemido que lanzó Jose Luis al embestir le hizo olvidar los pulgares... todo. Entró deprisa y con pasión, totalmente, mientras sus cuerpos chocaban entre sí.
Jadeó cuando él se retiró casi por completo, titubeó un segundo y volvió a penetrarla.
Una y otra vez la embistió. Justo cuando Hanna pensaba que ya no podía ser mejor, él se inclinó y, sosteniéndola con la mano izquierda, deslizó la derecha por debajo de su estómago para tirar con suavidad del vello púbico hasta encontrar el capullo inflamado. Como un mago, lo frotó hasta que todo su cuerpo se tensó al borde de la locura.
Entonces penetró una vez más, gritando mientras alcanzaba el orgasmo y le provocaba el clímax con la misma oleada. El tiempo se detuvo mientras Hanna temblaba y ambos experimentaban el orgasmo.
Mucho después, Jose Luis se quedó dormido con la cabeza en la almohada de ella. Hanna permaneció despierta largo rato, mirándolo. Ni siquiera se dio cuenta de que lloraba hasta que sintió la humedad sobre la funda de la almohada.
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