viernes, 31 de enero de 2014

Capitulo 105



Sin embargo,  Hanna no comió ni la mitad de los huevos y tostada. Nada de rastro. Lo único que deseaba Jose Luis era llevarla a casa y meterla en la cama. Darle jugo y apoyar la mano en su frente para tomarle la temperatura. Con extraña expectación, terminó la comida sintiéndose tonto por anhelar jugar a ser enfermero.

—Jose Luis, vete a casa —Hanna se cercioró de sonar firme e insistente. De no transmitir su preocupación. Llevaba cuidándola tres horas, sin creerla cuando le dijo que no tenía fiebre. Pero ni siquiera él pudo negar la prueba del termómetro.
—No sé —manifestó—. Sigues pálida.

—Es porque no llevo maquillaje. Si me pongo algo, te irás.

—Si no te conociera —sonrió—, juraría que estabas tratando de deshacerte de mí.

—¡Y es verdad! ¡Vete a casa! Vamos. Lo empujó con suavidad, pero él no se movió de donde estaba sentado en la cama. No dejaba de mirarla como si guardará un secreto especial.

—Me has herido hasta lo más hondo —exageró el tono dolido.

—No es verdad. Debes entregar la cancion. No quiero que me consideres responsable cuando Hugo te haga la vida difícil.

—Puedo trabajar aquí.

—No, no puedes. Además, tengo cosas que hacer.

—¿Oh, sí? ¿Cómo qué?

—Como prepararme para la semana. Como planchar y cocinar las pechugas y el brócoli.

—Podría hacerlo yo —ofreció, aunque sin mucha convicción.

—Sí, claro –rio—. ¿Cuándo fue la última vez que planchaste, chico grande?

—He planchado mucho —cruzó los brazos.

—¿De verdad?

—No —volvió a bajar los brazos—. No he planchado jamás. Ni siquiera tengo una plancha.

—Así que vete a casa. Me has cuidado muy bien, pero sea lo que sea lo que tenía esta mañana, ya ha desaparecido. Ahora sólo me estás molestando

—¿Sí?— enarcó las cejas y ladeó la cabeza.

—No— dijo, incapaz incluso de bromear de esa manera. - Pero me sentiré mejor sabiendo que realizas tu trabajo. En serio.

Jose Luis se inclinó y la besó, primero en la mejilla, luego en la nariz y al final en los labios. El último beso se demoró, recordándole que mentía. Que quería que se quedara, no sólo esa tarde, sino para siempre.

Fue Hanna quien tuvo que cortar el beso. Y con él un poco de su corazón. No era un sentimiento ni un argumento nuevos. Se había acostumbrado a ello en las últimas tres semanas. Cada vez que él salía por la puerta, sentía que otra pieza de su ser se desmoronaba. Supuso que al cabo ya no quedaría nada. Al menos eso solucionaría su problema. Sin corazón, no habría dolor.

Jose Luis se levantó y se llevó la jarra del jugo. Durante su ausencia, ella maldijo la injusticia de todo.

Para ser un hombre alérgico a una relación seria, que juraba ser alérgico al matrimonio y a lo que representaba, actuaba como un marido muy convincente. De no conocerlo, Hanna habría jurado que había conquistado su miedo al compromiso.

Debía hacer que se largara. Ya. Antes de que las cosas se descontrolaran más o volviera a besarla. Se hallaba a punto de confesarlo todo, de compartir sus sospechas con él, y eso sería un desastre.

Jose Luis se sentiría indignado, puede que incluso traicionado. Hanna no tenía defensa alguna. Sin importar cuál fuera su reacción, se distanciaría a toda velocidad. Y no podría culparlo. En particular si lo que sospechaba era cierto. Regresó con la jara llena de jugo de naranja recién exprimido La sonrisa que exhibía le dio más calor que la manta que le había puesto hasta debajo de la barbilla. Dejó el jugo en la mesita, titubeó, como si quisiera decirle algo, pero simplemente asintió.

—Me voy— Aunque en contra de mi voluntad —ella sonrió, temerosa de que si hablaba la voz le temblara—. ¿Me llamarás sí empeoras? —asintió—. ¿Lo juras? —Hanna hizo una cruz sobre su corazón con el dedo índice—De acuerdo. Te llamaré luego se inclinó y volvió a besarla. Dos veces.

En cuanto estaba listo para salir, Hanna se secó los ojos, maldiciendo las traidoras lágrimas. Cuando Jose Luis  se volvió para echar un último vistazo, no quedaba rastro alguno de que sintiera algo más que satisfacción. Pero al oírlo marchar por el salón, abrir la puerta y luego cerrarla, ya no pudo fingir más.

No lo había comprendido hasta hablar con Carolina. Hasta que su amiga le dio los detalles.

Hanna no podía estar absolutamente segura, no sin una prueba, pero algo le indicaba que tenía razón. A pesar de que nunca antes le había pasado, y de que carecía de pruebas empíricas, lo sabía.

No padecía ningún virus ni había comido nada en mal estado. De algún modo, a pesar del cuidado que habían mostrado, había quedado embarazada. El acontecimiento menos maravilloso de su vida. Aunque había anhelado un compromiso de Jose Luis, todavía quería más a su bebé. Era un hombre honorable. Podría tener ambas cosas.
Pero, por el amor de Dios, ¿a qué precio? ¿su amistad?


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