A la mañana siguiente Jose Luis despertó hambriento. Era capaz de comerse un caballo. Diablos, toda una manada. Pero se conformaría con pan, muchos, y con huevos, café, jugo. Gimió, pero calló al ver que Hanna seguía durmiendo.
Dios, se veía hermosa. El cabello era una maraña gloriosa sobre la almohada. Desvió la vista, atento a no mirarle el resto del cuerpo. No quería despertarla, porque si no, tendría que volver a hacer el amor y, con franqueza, necesitaba combustible. Se había quedado seco, totalmente extenuado, y se sentía muy orgulloso. Cuatro veces. Tenía que ser un récord. Al menos para un hombre de su edad. Podría llamar a las oficinas del ******* el lunes. Como mínimo, podría notificárselo al Post.
Sonriendo, salió de la cama y recogió la ropa. Logró ir al baño y cerrar la puerta sin mirarla ni una sola vez.
Abrió la llave de la bañera, ajustó la temperatura y luego fue a cepillarse los dientes y a afeitarse. Cielos, tenía un aspecto infernal. No le importó. Se sentía demasiado bien como para preocuparse por semejante nimiedad.
¿Quién lo habría pensado? Mientras se cepillaba los dientes con vigor, se observó en el espejo, preguntándose qué había hecho para merecer aquello.
Hanna había tenido razón. Había sido un tonto al dudar. Era el acuerdo más perfecto del mundo. Nada de tonterías. Un sexo fantástico con alguien por quien estaba loco, sin falsas expectativas, culpas, promesas o desilusiones. Vio los años que tenía por delante, y le gustaron. Se acabó ir a los club’s nocturnos de solteros. Se acabaron las citas a ciegas. No más complicaciones.
Debía reconocerse asi mismo que su idea había sido brillante.
Se enjuagó la boca y sacó la cuchilla y la crema de afeitar. Un vistazo a la bañera le indicó que no tenía que darse prisas, de modo que se afeitó con pausa. No quería raspar a Hanna cuando la besara.
Algo que pensaba hacer con frecuencia.
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