Hanna lo condujo al ascensor, ajena a la reacción del otro. Subieron
en silencio, con Hanna apoyada en la
pared, con los ojos cerrados. Juntos marcharon hacia el apartamento. Al llegar a
la puerta, buscó las llaves y entraron. Fue tras ella, sabiendo que no debería
esperar que le pidiera que se quedara, aunque sin poder evitarlo él quería
quedarse. Los perros le dieron la bienvenida; los recogió a los dos para
dirigirse al sofá. Jose Luis cerró la puerta, debatiendo si debía decir algo.
Quizá ella daba por hecho que no deseaba él se quedara, y por eso no se lo
pedía.
— Te he echado de menos –le dijo a Ira mientras acariciaba a George
detrás de la oreja—. ¿Han sido buenos chicos? Respondieron con un movimiento de
cola y con muchos ladridos.
Jose Luis supo cómo se sentían. Hanna lo miró y sonrió. Dejo a los
perros en el sofá y volvió a levantarse. Con cada paso que dio hacia él, su
esperanza disminuyó. Pudo verlo en sus ojos. Quería que se marchara.
—Gracias –dijo tomándole las manos—. Ha sido el mejor fin de semana que
he tenido jamás.
—Yo también.
—Imagino que ambos recibiremos muchas llamadas de teléfono esta noche.
—¿Qué te parece si los torturamos y no contestamos? —rio él.
—No se rendirán. Ni nos perdonarán.
—Sí —tuvo ganas de besarla, de mucho más que besarla. Ella se puso de
puntillas y le dio un beso fugaz en la mejilla. —Te quiero — menciono Jose Luis.
—Yo también te quiero —sonrió. —Ahora ve a dormir algo. Por la mañana
volvemos a la costumbre.
—Sí
—¿Estás bien?
—Claro. Estoy bien —dio un paso atrás y alargó la mano hacia la puerta
—.Te llamaré por la mañana.
—Estupendo.
—Adiós.
Lo saludó con la mano, esperando que se largara de
una vez. Así que Jose Luis se largó. Mientras volvía al coche se preguntó si
había malinterpretado todo. Pero entonces pensó en la noche anterior. En cómo lo
había mirado Hanna cuando hacían el amor. Podían haber regresado al mundo real,
pero ya no era el mismo mundo. Las cosas nunca volverían a ser las mismas.
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