Jose Luis se detuvo para acariciar un
momento a los perros, luego la siguió. Le alegraba haberla sorprendido. De ese
modo no había dispuesto de tiempo para arreglarse. Lo que Hanna no comprendía
era que no había necesidad de que se arreglara para él. Le gustaba sin
maquillaje, con su bata vieja y cómoda y con el pelo recogido. Incluso le
gustaban sus zapatillas gastadas.
—¿Y bien? —preguntó mientras sacaba el café—. Dispara.
—Vuelve a las andadas —se apoyó en la nevera. En el mundo real, la cocina de Hanna era pequeña, pero para Manhattan resultaba bastante grande. Podía contener a dos personas al mismo tiempo—. En esta ocasión se trata de un tipo francés llamado Scotter.
—¿Scotter?
—Hmm.
—¿Cuántos son ya, seis?
—A menos que yo me haya equivocado en la cuenta. Se casan el mes próximo, en la casa que tiene mi madre aquí, luego se van a la de él en Francia.
—Debes reconocerle su mérito —indicó ella mientras vertía el agua en la cafetera—. Al menos escoge a hombres ricos.
—Podría dar lecciones —rio él.
—Lo cual no es una mala idea. Sé que en la Universidad de Nueva York enseñan coqueteo, ¿por qué no cómo cazar a un marido rico?
—Se lo mencionaré. Sin embargo, cómo casarse parece un trabajo a tiempo completo. No creo que mi madre lo tenga — Hanna sonrió, pero había algo que no encajaba. La sonrisa no llegó a sus ojos. Al observarla supo que le había mentido cuando le dijo que estaba bien
—. Sigues enferma, ¿verdad?—¿Y bien? —preguntó mientras sacaba el café—. Dispara.
—Vuelve a las andadas —se apoyó en la nevera. En el mundo real, la cocina de Hanna era pequeña, pero para Manhattan resultaba bastante grande. Podía contener a dos personas al mismo tiempo—. En esta ocasión se trata de un tipo francés llamado Scotter.
—¿Scotter?
—Hmm.
—¿Cuántos son ya, seis?
—A menos que yo me haya equivocado en la cuenta. Se casan el mes próximo, en la casa que tiene mi madre aquí, luego se van a la de él en Francia.
—Debes reconocerle su mérito —indicó ella mientras vertía el agua en la cafetera—. Al menos escoge a hombres ricos.
—Podría dar lecciones —rio él.
—Lo cual no es una mala idea. Sé que en la Universidad de Nueva York enseñan coqueteo, ¿por qué no cómo cazar a un marido rico?
—Se lo mencionaré. Sin embargo, cómo casarse parece un trabajo a tiempo completo. No creo que mi madre lo tenga — Hanna sonrió, pero había algo que no encajaba. La sonrisa no llegó a sus ojos. Al observarla supo que le había mentido cuando le dijo que estaba bien
—¿Yo? No, en absoluto.
Pero no era la verdad, porque no lo miró.
— Hanna, ¿te has quedado en casa hoy?
Ella meneó la cabeza, ocupándose con las tazas, las cucharas y la azúcar.
Jose Luis alargó la mano y la apoyó en su frente. No había rastro de fiebre. Pero se apartó ante su contacto, como si no quisiera que la...
Oh, maldición.
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