El dia de mañana llegaria bastante pronto como para desmoronar le su mundo.
Jose Luis se marchó al día siguiente mientras Hanna
aún seguía en la cocina bebiendo café. No le alegraba la idea de irse, pero
tenía que ir a Sony para hablar del disco. Había
visto al director una o dos veces, aunque en ninguna había dispuesto de la
oportunidad de hablar realmente con él, de modo que esa no podía
desperdiciarla.
Pero su mente no estaba centrada en el disco ni en
los viticultores célebres. Hanna llevaba
dos días en que no era la misma y estaba muy preocupado. Mientras Jose Luis se
hallaba en la esquina a punto de parar un taxi, sacó el teléfono móvil y apretó
la tecla con la memoria del número de Ashley.
—¿Has hablado con Hanna? —preguntó en cuanto
terminaron de saludarse.
—Hoy no.
—¿Y ayer?
—En realidad, no.
Un taxi se detuvo junto a él y entró.
—A ************— —le dijo al conductor. Luego se
reclinó en el asiento, sabiendo que iba a ser un trayecto largo con ese
tráfico.
—¿Qué sucede? —inquirió Ashley.
—No lo sé. Esperaba que tú pudieras decírmelo. No
es la misma.
—¿Está enferma?
—Es lo que había pensado, pero no tiene fiebre ni
nada parecido.
—Bueno, entonces, ¿qué te preocupa?
Tuvo que pensar un minuto para plasmar en palabras
lo que sentía.
—Ha estado muy callada. Introspectiva. Y anoche,
cuando estábamos en la cama, lloró.
—¿Lloró?
—En silencio. Pero noté las lágrimas.
—¿Le preguntaste por qué?
—No. No me pareció adecuado hacerlo.
Una vez más Ashley guardó silencio. El taxi se
detuvo de repente y se oyó una cacofonía de bocinas y juramentos. Cuando volvió
la tranquilidad, le preguntó a Ashley si había hablado.
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