El taxi giró por una esquina y Jose Luis vio la empresa Sony, ya no deseaba llegar. No con todo lo que tenía para pensar.
—Ashley, tengo que colgar. Pero no te preocupes. Hiciste lo correcto al contármelo.
—Dios, eso espero. Mantenme informada.
—No lo dudes —cuando el taxi se detuvo a la entrada de la empresa, un portero uniformado abrió la puerta—. Hablaremos luego.
Le dio al taxista demasiado dinero, pero no le importó. Solo podía pensar en lo que le había dicho Ashley. Y en su propia reacción. Lo que más lo asustaba era que empezaba a pensar como su madre bajó, se acercó a la entrada de la empresa pero no entró. Se quedó de pie, preguntándose en qué se había metido jamás deberían haber cambiado las cosas. A pesar de lo fantástico que había sido hacer el amor con Hanna, no compensaba en qué lo convertía. Un idiota irracional y posesivo. No podía deshacer lo sucedido, pero podía volver a ser su amigo, sin juegos. Hanna lo entendería. Tenía que entenderlo. Porque lo único que resultaba más aterrador que herirla era perderla.
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